viernes, 3 de mayo de 2013






Habiéndose cumplido el plazo para inscribir a los candidatos que se presentarán a las primarias legales aprobadas recientemente, ninguna coalición someterá a sus candidatos a dicho mecanismo para las elecciones parlamentarias con la sola excepción de Renovación Nacional que lo hará para resolver las disputas internas entre sus candidatos. La situación ha provocado una guerra de recriminaciones y el hecho de que movimientos como Revolución Democrática renunciaran a negociar un pacto parlamentario con la Concertación. 



                En este escenario parece relevante señalar que las primarias son un instrumento alternativo en que se convoca a la ciudadanía para resolver las disputas entre partidos o al interior de ellos sobre quienes deben ser los candidatos que se presentarán a la elección definitiva.  Por tanto, es un instrumento distinto del que ha primado en la democracia chilena, el cual ha sido la negociación de los partidos y la definición de las plantillas al interior de cada uno de ellos. La observación que realizo es que las primarias son más pertinentes y adquieren mayor significación cuando se realizan como etapa previa de una elección mayoritaria como sería la de alcaldes o la presidencial, generando una competencia que evite la dispersión de votos de un determinado sector. No tiene sentido efectuar una elección primaria en un sistema proporcional, el cual permite que todos compitan en la elección definitiva, y tampoco en nuestro sistema electoral binominal puesto que se realiza una primaria en que hay dos ganadores  dejando al segundo ya derrotado y desmoralizado tres meses antes de la elección definitiva.


                Sin duda, el aura de legitimidad que le otorga a los candidatos resultar electos mediante este procedimiento ha impulsado la regulación legal de las elecciones primarias, aún cuando éstas tienen una serie de defectos que, más que fortalecer la democracia, pueden terminar generando perjuicios mayores que los que se buscan evitar. 


De hecho, lo que observa en la práctica y, a pesar de lo que insistentemente se plantea, las primarias no son un buen mecanismo para renovar la política o, al menos, no más que el mecanismo de negociar o decidir internamente las candidaturas por los partidos. Lo anterior, porque las primarias, como toda elección, implican gastos de altas sumas de recursos para los candidatos y favorecen a quienes tienen una votación mucho más firme y leal, aunque sea minoritaria, por sobre aquellos que puedan tener una mejor evaluación ciudadana y un margen mayor para crecer electoralmente. En términos simples, las primarias no eligen al mejor candidato para la elección definitiva, sino simplemente al que convoca a más ciudadanos en una elección cuya participación no supera, por lo general, ni el 5% de los electores. Así, el ex alcalde que ya perdió una elección puede ser un pésimo candidato para la elección definitiva pero a su vez, ganar cómodamente una primaria contra cualquiera que se atreva a desafiarlo.


Otro problema, aún más grave, es que el criterio de que “todos vayan a primarias” de manera que sea una elección mayoritaria la que filtre los candidatos de una coalición puede terminar provocando el efecto más propio de dichas elecciones que es eliminar la posibilidad de que los partidos “chicos” lleguen a la elección definitiva y, en consecuencia, que estos prefieran restarse de conformar pactos electorales. En términos prácticos, los partidos minoritarios electoralmente, como el Radical o el Comunista, han logrado tener presencia parlamentaria precisamente por medio de la negociación política; de otro modo no hubiesen podido acceder al Congreso en el escenario actual.


En consecuencia, el instrumento de las primarias no ofrece ventajas comparativas considerables respecto a la negociación y definición interna de los partidos. Más bien, se ha transformado en una salida de escape a la falta de democracia interna de éstos, pero no en una salida que resuelva los problemas de fondo de nuestro sistema electoral, que es la falta de competencia en la elección definitiva y el poco o nulo interés de la ciudadanía de participar en elecciones cuyos resultados en la inmensa mayoría de los casos son previsibles.


En este proceso, Revolución Democrática acusa a los partidos políticos de “actuar con la calculadora” y de ambición de poder, como si las negociaciones parlamentarias no consistieran precisamente en una medición de fuerza para determinar dónde y con quienes competirán los que serán futuros parlamentarios y como si los partidos tuvieran fines culturales y recreativos. Lo importante es que la centro izquierda sea capaz, más allá de los berrinches y del procedimiento que elija, de actuar con responsabilidad, negociando o a través de primarias, y diseñe un pacto electoral eficaz que permita obtener la mayor cantidad de doblajes para lograr la mayoría política necesaria para modificar las reglas que rigen nuestro sistema electoral binominal.