martes, 10 de septiembre de 2013

Los 40 años del Golpe de Estado han revivido, a pesar de ser solo una “cifra psicológica”, un debate siempre presente y que trasunta necesariamente las grandes discusiones actuales sobre nuestra democracia y nuestro modelo de desarrollo económico. No cabe duda de que a pesar de que más de la mitad de los chilenos no existían siquiera en 1973, dichos hechos han marcado no solo la historia de unos sino que nuestra historia.


                Uno de los que se califica como logros del proceso de reconciliación iniciado tras el regreso a la democracia es el indudable predominio de la afirmación de que nada justifica hoy la violación a los Derechos Humanos de las personas, cuestión que por cierto forma parte también de un proceso de reconocimiento y garantía de dichos derechos en occidente, pero que admite aún hoy matices que no se pueden soslayar.

La cuestión que subsiste en el debate, no es menor, y es que si bien nadie justifica la violación de los derechos que emanan de la dignidad de las personas, existe en nuestro país una minoría muy significativa que justifica la interrupción de la democracia por diversos motivos, y con ello, la dictadura cívico-militar que gobernó nuestro país por 17 años. Estos sectores califican dichas violaciones como “excesos” del proceso y otros incluso las sitúan en un contexto de guerra civil.

Dichas violaciones a los Derechos Humanos no fueron excesos, pues éstas no se tratan de actos que “salen en cualquier línea de los límites de lo ordinario o de lo lícito”. La evidencia histórica permite presumir que una dictadura, cualquiera sea la ideología en que se inspira o los propósitos que declara, lleva necesariamente a la conculcación de derechos políticos y la persecución de los derrotados por todos los medios. En efecto, si se hubiese tratado de excesos los líderes de la dictadura hubiesen actuado para reprimir a los propios órganos del Estado que actuaban coordinadamente y de la forma más brutal contra las personas, y el Poder Judicial hubiese protegido a las víctimas de los abusos de los órganos represivos, cosa que no hizo como consta en el “mea culpa” que institucionalmente ha hecho la Corte Suprema a solicitud de la Asociación de Magistrados hace tan pocos días. Es claro que los civiles y militares que integraron el régimen militar consideraron dichas violaciones más como externalidades del proceso que como verdaderos excesos.

Respecto a la justificación de tales acciones desproporcionadas de organismos del Estado bajo el contexto de que se dieron en una guerra civil, dicho argumento es aún menos sostenible puesto que tal circunstancia exige una cierta capacidad de resistencia organizada de la contraparte, circunstancia que por cierto no existió ya sea por la unidad y decisión que mostraron las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas y de Seguridad en la ejecución del Golpe y sus actividades posteriores o por la escasa resistencia que brindaron los partidarios de la Unidad Popular. No obstante, aunque así hubiese sido, la comunidad internacional a través del desarrollo progresivo del derecho humanitario se ha encargado de señalar que ni aún en esos contextos se pueden violar de forma indiscriminada los derechos humanos más básicos de las personas como ocurrió en nuestro país con la desaparición y la tortura.

                Lo anterior, permite dilucidar un aspecto relevante para la discusión actual: que no es –ni fue- posible sostener una condena a las violaciones a los Derechos Humanos y respaldar la Dictadura que las hizo posible. Como efecto, lo anterior implicaría restringir al limitado campo de la responsabilidad penal las atrocidades que se produjeron y solo encontraríamos culpables en quienes empuñaron un arma y a sus cómplices directos. Lo cierto es que el juicio histórico y político exige la efectiva responsabilidad penal de los autores de los crímenes que se cometieron; pero no solo eso, se exige responsabilidad también a quienes promovieron el contexto propicio de forma directa e indirecta, activa o pasivamente, para su comisión. De lo contrario, en la mayoría de las dictaduras del siglo XX deberíamos exculpar a sus principales líderes de toda responsabilidad y poner toda la carga histórica de dichos procesos en los bajos mandos como si éstos no hubiesen sido objeto de un plan y una provocación mayor.

                Independiente de la valoración de cada persona respecto a las políticas económicas y sociales efectuadas en la dictadura, lo claro es que en una democracia, y ese es su valor inherente, las políticas de toda índole son válidas y legítimas no por la certeza o su contribución efectiva al bienestar de la sociedad, cuestión siempre discutible, sino porque han sido representativas de la voluntad soberana expresada directa o indirectamente por cada ciudadano, que ha aceptado sus efectos.


                En consecuencia, la tarea pendiente de la reconciliación debe girar hoy en torno a universalizar ese valor, la idea indisoluble entre la defensa activa de los derechos humanos de todas las personas y la democracia como sistema de gobierno en sus distintas formas unidas por una premisa básica: el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Ello no obsta a discutir las evidentes imperfecciones de nuestro sistema político democrático – motivadas en buena parte por enclaves autoritarios heredados de la dictadura – pero que no hacen más que confirmar que la democracia es un proyecto político cuyo desarrollo debe ser constante y permanente.